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07 noviembre 2007

'Sobre el oficio de escribir'


Hoy quiero recuperar un post escrito el día 13 de julio de 2005 en mi antigua bitácora. Gracias a la coincidencia en red y a un intercambio rápido de comentarios -que parecía un chat- en diferentes artículos de diversos blogs entre Víctor Pàmies y un servidor ha nacido la idea de despertar este grandioso poema del maestro Luis Rosales, pertenenciente a la "Generación del 36", poeta galardonado con el premio Cervantes en el año 1982 y que murió en 1992.


Debido a que Víctor Pàmies y yo "hablábamos sobre las musas" se me ha ocurrido decirle que le dedicaría este poema hoy en un artículo en mi blog. Así que sin más paso a dedicarle a mi vecino y compañero bloguer Víctor Pàmies estas mágicas palabras "sobre el oficio de escribir":


Sobre el oficio de escribir

Luis Rosales

A Alfonso Moreno

Estoy en mi despacho
y al mirar la ventana el cristal disciplina mis ojos;
un cristal es igual que un amor,
cuando miras tras él todo se hace misterio.
Detrás de la ventana está la sierra,
es el marco del cuadro,
y en su jurisdicción
las distancias establecen sus límites, pero el límite está en ti mismo,
pues lo interior y lo exterior son solamente aspectos de una misma frontera.
Aunque este pensamiento no es muy original quisiera registrarlo:
el paisaje lo han hecho las distancias.
Al través del cristal contemplo La Peñota
–sus pinos pusilánimes y salteados,
su desamparo vegetal–
y aquí,
junto a la linde de la casa,
las hojas de los robles son pestañas en torno a un ojo que no ves,
su vaivén me distrae y hace imposible el pueblo
con sus tejados gateando durante todo el día para quedarse en paz cuando llega la noche.
Hay una ordenación en la cual las distancias más que alejar, sitúan,
pero en fin lo que importa es llegar,
llegar a no sé dónde,
pero las hojas son tan frágiles que no se sabe cómo llegaron hasta el árbol;
viven en su alumnado y el viento que las mueve las alegra,
me recuerdan mi infancia,
aquellos ojos claros que tenían alumbrado de gas y me miraban arropándome.
El tiempo es como un foso;
detrás del tiempo están;
me gustaría saber en dónde alumbran.
Sobre el pretil de la ventana hay siempre un muerto bueno;
salta a la comba con el aire,
pero tú no te puedes morir,
amiga mía,
no te puedes morir porque ya estamos siendo un mismo luto,
y estoy en mi despacho aprendiendo a escribir,
es lo de siempre,
para que no se desvanezca todo necesito escribirlo,
y aprender a vivir en la nueva frontera.

Escribir es la cita que todos los veranos tengo conmigo mismo,
pero a esta cita siempre se llega anticipado,
las palabras que escribo se desunen,
no es posible hilvanarlas y cada vez se alejan más,
pero tengo que hacerlo,
tengo que estarlo haciendo hasta que su separación se convierta en distancia.
Tal vez para escribir hay que empezar por el principio,
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.
Esto es contravivir,
y a causa de ello para pensar en algo estoy fumando;
necesito un prodigio,
y quizás el prodigio no es más que un empujón,
un empujón de sordo en la pared del mundo,
una palabra imprecisable,
y en su realización tienes que distinguir entre lo ambiguo y lo impreciso,
no pueden confundirse,
la ambigüedad, ya lo sabéis, es el pulso corporal del poema,
la imprecisión es el infierno conocido.
Hay una forma de distancia que es preciso encontrar para escribir,
y ahora,
mientras viene o no viene mi propio nacimiento,
me entretengo en mirar este desorden,
este desasimiento que ha poblado la mesa
de cosas serviciales que generalmente son las mismas:
el mucolítico llamado Mucorama y el coñac vasodilatador,
los lápices,
los libros,
las carpetas donde se juntan mis palabras para hacer penitencia,
y allí, en la confluencia de las luces,
la cabeza de Luis Cristóbal,
mirándome hasta luego.

Siempre empiezo a escribir sin saber cómo empieza un poema;
pienso mientras escribo,
devanándome,
para cambiar de vida sobre el papel en blanco
igual que el renacuajo un día de suerte se convierte en rana.
Esta es la evolución,
amiga mía,
pero tú no te puedes morir,
no me gusta pensarlo
porque lo necesario es tan real como la vida misma,
se convierte en poder
para decirte ahora palabra por palabra:
mientras estemos juntos viviremos.
Has venido a mi lado
«y apoyada en mi hombro eres mi ala derecha».
Cuando sienten tu roce las palabras que escribo,
las palabras martirizadas por la separación, buscan un orden nuevo,
una vida interior que las reúna
y el milagro sucede
porque la mesa de nogal se despeja de pronto habilitándose,
y entonces una mano baila sobre la mesa,
una mano cortada,
una mano cortada que se acerca hasta mí para decirme algo,
y me empieza a empujar con su mutilación,
me empuja sin tocarme,
me aprieta contra el sueño para hacérmelo ver más claramente,
para hacérmelo ver despedazado;
y poco a poco empiezo a obedecerla,
y me pongo a escribir,
y me pongo a escribir a borbotones,
con ininterrumpida facilidad,
para marcar la linde que separa la vida en dos mitades,
y saber dónde empieza el corazón.

Cada vez que se escribe un poema tienes que hacerte un corazón distinto,
un corazón total,
continuo,
descendiente,
quizás un poco extraño,
tan extraño que solamente sirve para nacer de nuevo.
El dolor que se inventa nos inventa,
y ahora empieza a dolerme lo que escribo,
ahora me está doliendo;
no se puede escribir con la mano cortada,
con la mano de ayer,
no se puede escribir igual que un muerto que volviera a sangrar durante varias horas.
Tengo que hacerlo de otro modo,
con la distancia justa,
buscando una expresión cada vez más veraz,
aprendiendo a escribir con el muñón,
despacio, muy despacio,
despacísimo,
sin saber por qué escribes para legar a quien las quiera,
no sé dónde,
estas palabras ateridas,
estas palabras dichas en una calle inútil que tal vez tiene aún alumbrado de gas.
Si nadie las escucha,
paciencia y barajar, éste es tu oficio.



Fotografía:
http://www.temakel.com/cuentobartleby.htm

16 octubre 2007

La ruta del salmón




"Lo hemos sentido cómo se acercaba hacia nuestra habitación. Primero ha sido el rechinamiento de su cama, después el chasquido de la cerradura de la puerta, el suave rozamiento del dorso de la mano tanteando la pared para orientarse, el cloqueo de la baldosa que hace tiempo que baila cada vez que la pisamos. El niño se acerca con paso de gato huyendo de la pesadilla que ha quedado agarrada entre las sábanas. Abre la puerta y se orienta entre la respiración de los padres. Quizás sería bienvenido, pero ha ido aprendiendo que las caricias son más frágiles cuanto más sólido es el sueño. Con conciencia de intruso, nuestro hijo se emparra por el cubrecama, repta por el valle que forman los cuerpos de los durmientes, busca un agujero dónde introducirse y, con la tranquilidad de los dos calores, se recoge bien cerca de la madre y el colchón parece una superficie de azúcar hilado.

Nuestro hijo ha recorrido la ruta de los salmones cuando vuelven al pozo inicial. Por un momento nos gustaría enviarlo a su sitio. Las normas nocturnas son más estrictas que las nor­mas de día. Completamente despiertos, lo vemos entero. Ya no es un bebé. Le han crecido las pestañas, y las manos ya no están cerradas sino que los dedos se estiran sobre la almohada como lo harían los de un pianista encima del teclado. En este contacto furtivo el hijo se multiplica y el padre se divide entre el deber de la disciplina y aquella agradable tibieza en las mejillas que la llegada del hijo le provoca. La imagen de los tres en el mismo lecho hace reavivar la pulsión salvaje de los jefes de la manada. La cama ahora es una guarida y la noche es tiempo de vela. Hemos sacrificado la intimidad de los cuerpos conocidos a cambio de la música de esta respiración que ha venido a tientas de la lejanía de su habitación para poder respirar en compañía. Si algún día los padres pueden compartir los sueños con sus hijos será de esta manera y en estos momentos. Por eso no les decimos que vuelvan a su cama. Sabemos que habrá una noche en la cual seremos nosotros los que nos desvelaremos por la angustia de pesadillas. Y entonces también haremos chirriar el somier, y también haremos tambalearse la baldosa mal fijada mientras arrastramos los pies guiándonos con el dorso de la mano por la pared del pasadizo y llegaremos a su habitación vacía y allí, sin nadie que nos dé la calma imposible de los padres, echaremos de menos al pequeño intruso que aprendió a romper la noche yendo al cubil conocido y que ahora explora los cubiles infinitos de la gran aventura del crecer."

Traducción quasi literal por Jordi Gomara de:

  • Barril, J. (1999). Condició de pare (6a. edició). Barcelona: Edicions La Campana
    Capítol transcrit: La ruta del salmó, pp. 135-137
(Existe una traducción al castellano de la obra, pero yo no disponía de ella en este momento)
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Fotografías de L. Cruz i Jordi Gomara:

1. Reflejo. Narbona, Aude, Lengadòc. Verano de 2007
2. Un bicho emergiendo de la arena. Grussan, Aude, Lengadòc. Verano de 2007
3. Observando Vallromanes. Camí de Vilassar, Vallromanes. Enero de 2004
4. Mirada. En casa, Vallromanes, febrero de 2007, adaptada y retocada digitalmente del original en color durante el verano de 2007

Más fotografías de Jordi Gomara
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Este post está basado en el original publicado en ITACA2000 NEWS (blog antiguo en catalán), con el mismo título, el dia 21 d'agosto de 2005